ODIOS Y AMORES POLÍTICOS.
.Cuando el fenómeno político se fundamenta en instintos, pierde todo significado racional.Autor: Ulises Casas Jerez
[casasulises@hotmail.com].
Crítica Política Numero: 187.
Fecha: 11 de Febrero de 2010.
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  Compartir en FacebookEl ser humano, en su inmensa mayoría, sigue siendo presa de la instintividad puramente animal. En consecuencia, su comportamiento social obedece, fundamentalmente, al instinto de conservación de la existencia individual y de la de la especie a través de la reproducción. El diario vivir consiste en la comida y el sexo; toda la producción mercantil está orientada a suplir estas dos necesidades del individuo como de cualquier ser vivo; incluso las plantas se reproducen en similar forma.
En la especie humana se encuentra el elemento mental; la representación de imágenes y de hechos, tanto naturales como sociales, se expresan a través del lenguaje; es lo que nos diferencia del resto de animales y seres vivos. Una muy reducida cifra de humanos, representantes de la calidad humana, posee una existencialidad predominantemente intelectual, es decir, de ejercicio de la mente. Sin embargo, en la medida en que la sociedad produce cada vez más objetos, el oficio de la mente tiende a reducirse y los estímulos de los objetos a aumentar la conducta instintiva en sus diversas manifestaciones; el individuo ya no se comporta en forma relativamente independiente sino en respuesta a la infinidad de excitaciones de sus sentidos a través de los medios de comunicación y las imágenes que se le ofrecen en todo su alrededor, en la perspectiva del consumo mercantil. Si analizamos en retrospectiva el proceso del intelecto, podemos establecer que es el siglo XIX el de mayor producción intelectual: la filosofía, la historia, las ciencias, las artes, la cultura en general, lograron un elevado nivel que han venido perdido a partir de la expansión de la producción mercantil de la sociedad de consumo. Ahora es la tecnología la que predomina en el hacer de la mente, no la cultura humanística.
Dentro de este cuadro material y cultural, lo político se convierte en un elemento que ha de sustentar el instinto de conservación y el de la reproducción de la especie; en consecuencia, su sustento es lo emotivo y aquí surge el odio y la sumisión u obediencia sectaria, una unidad de contrarios en la conducta del humano. Por cuanto se trata de obtener o de conservar el poder político, generado por el poder económico, el odio a quien posee el poder es lo que activa a quienes, en la oposición, pretenden llegar a ese poder político; generalmente, esa oposición se encuentra sustentada materialmente por quienes, siendo la mayoría de esa oposición, no poseen poder económico, sin embargo de lo cual, quienes la dirigen, siendo minoría, sí lo poseen. Cuando esa oposición llega al poder, el odio, con el cual lo alcanzó, se convierte en venganza y viene la retaliación; como tal, este fenómeno se encuadra dentro de una expresión de violencia sin límites. Es lo que explica la infinidad de muertes, masacres, y otras manifestaciones violentas de regímenes como los de los gobiernos dictatoriales. Naturalmente que el odio al “enemigo” implica el “amor” dentro de los amigos; sin embargo, dentro de los mismos grupos se da, también, el odio entre sus componentes: un ejemplo ha sido el de las “purgas” en las filas de los partidos “comunistas” del siglos pasado y la “ejecuciones” por supuestas traiciones en los movimientos armados guerrilleros en donde quiera ellos han existido. En Colombia, una vez lograda la independencia de la metrópoli española, se desata una serie de “guerras civiles” que ocasionaron centeneras de muertos, heridos, mutilados, etc. Esto ha sucedido en todos los pueblos del mundo bajo diferentes formas, pero sustentado, todo ello, en las mismas causas: el instinto de conservación y la reproducción de la especie que garantiza el aumento y el traspaso del patrimonio a los herederos. Es bajo el elemento odio que se considera al adversario como “enemigo”; siempre se alega en esa forma porque se supone, y es cierto, que ese “enemigo” también está motivado por el odio. Es un odio enfrentado a otro odio que se expresa por medio de la violencia y la venganza. Pero el odio no es algo abstracto y, por consiguiente tiene que concretarse en algo; ese algo es una persona o un grupo de personas nucleadas orgánicamente; esto se concreta en los partidos políticos u organizaciones de la misma naturaleza. Desde el siglo pasado fue regla política de lucha el llamado “odio de clase”. Se proclamó como “enemigos” a todos los que poseyeran riqueza y con ello se alimentó el anhelo y el deseo de obtenerla de éstos. Así que, cuando se conquistó el poder, se pudo dar rienda suelta a la “venganza” y los paredones y las ejecuciones no se hicieron esperar para “acabar” con los enemigos. En las épocas mas cercanas, la revolución francesa, en su ciclo de la misma, conocido como “El Terror”, se llevó a la guillotina a miles de “enemigos” tildados de monarquistas. Desatado el terror, se entra en un camino dentro del cual se encuentran tanto enemigos como amigos. Este fenómeno histórico se repite en muchos pueblos en circunstancias parecidas; las ejecuciones de “patriotas” en la Nueva Granada en la reconquista de Morillo y luego de realistas cuando triunfa la guerra patriótica y dentro de la misma guerra de independencia con el Decreto de “Guerra a Muerte” expedido por el libertador Simón Bolivar. Las guerras en Europa y dentro de algunos pueblos, como el caso de los Balcanes es una repetición del fenómeno; los de Servia, Croacia, Herzegovina, y sus vecinos, hace apenas pocos años, las masacres en naciones que pertenecieron a la antigua Unión Soviética, todo ello es el mismo fenómeno, en su esencia. Lo que hemos venido transitando en Colombia y que sigue su curso, es el mismo fenómeno.
Dentro de todo este escenario, hay elementos que no responden al odio y su consecuencia, la venganza; esos elementos son los de la racionalidad y se encuentran en la misma sociedad como calidad del ser humano; son minoritarios, precisamente, porque representan lo cualitativo del ser humano; pero esa calidad irá creciendo con el trascurrir histórico y llegará, no sabemos cuándo, en el futuro de nuestro existir humano. Nosotros nos encontramos, como colectivistas, en ese minúsculo espacio de la racionalidad; por ello, el odio no nos concita y la fenomenología económica y social existente la consideramos como algo natural al devenir del ser humano en la búsqueda de su felicidad, sustentada ésta, en su elevado nivel intelectual. Al liquidar la pretensión de obtener bienes de carácter privado, trascendemos la Historia.